Si alguien quiere ver y emocionarse de verdad, sufrir y gozar hasta llegar al delirio y pasar de largo, que espere hasta 2026 y se monte al vuelo en alas de un verdadero Mundial. Desde allá arriba podrá divisar rivalidades, enfrentamientos, enconos, amores y desamores, hidalguías y odios en partidos en los que los sentimientos nacionalistas son el más grande y genuino espíritu de competencia.
El fútbol desparrama sobre las canchas todo lo que puede envolver un verdadero encuentro de países en su más pura expresión, en su sentido más auténtico de nacionalidades.
Todo esto viene a cuento luego de seguir el Clásico Mundial de Beisbol, jugado hace unos meses, y el Mundial de Baloncesto, en disputa hasta ayer en Japón, Filipinas e Indonesia. En la pelota, compañeros de equipo se enfrentan, porque al final tienen el mismo denominador común de ser todos jugadores de las grandes ligas. Cosa parecida acontece en el baloncesto, que es un campeonato de hombres de la NBA contra hombres de la NBA
¿Qué mundiales podrán ser esos? Los mundiales dejan de serlo en virtud de un compañerismo inocultable, de unos abrazos, “¿y que hay, cómo te va con tal equipo?”, “no muy bien, quisiera un contrato mejor”. Claro, hay episodios del Clásico, como el enfrentamiento Shohei Othani-Mike Trout que puso fin al partido decisivo Japón-Estados Unidos, pero son situaciones excepcionales.
También acontecen en el fútbol cuando compañeros de equipo se enfrentan por ser de nacionalidades diferentes, pero esto resulta poco común. Hay en ellos aquel deseo por demostrar no solo su capacidad de jugador, sino el orgullo de que, por encima de profesionalismos y dinero el fútbol de su país es el que prevalece.
Y quizá sea esta la manifestación de algún deporte altamente profesionalizado, como el fútbol, que esté fuera de toda sospecha en relación a la avidez monetaria de los jugadores, así sea vencer, en el fondo de todas las cosas, la razón de elevar su cotización en la apuesta del dinero.
A más grande victoria, mejor contrato: ¿hay alguien que lo dude?
Al final del camino, y para ser realistas, el verdadero mundial de beisbol está en las grandes ligas y el de baloncesto en la NBA; por eso es que la atención de los que pretenden tomarse el título de mundialistas no es multitudinaria, de mayorías, sino básicamente para aquellos aficionados realmente interesados en sus deportes preferidos o para curiosos, pero sin la pasión que a menudo despierta el gran fútbol.
Beisbol y baloncesto son espectáculos de alto nivel, cómo no, pero el hecho de ser Estados Unidos el patrón de los deportes de pelota y cesta desvirtúa los choques de auténticos antagonistas: no hay rabia ni hay dientes apretados; solo la satisfacción del deber cumplido. No hay Clásico Mundial o Mundial de Baloncesto genuinos; solo hay, en la verdad-verdadera, grandes ligas y NBA.
Y más mundiales
Ser mundialista no es una fiebre nueva o alta temperatura de estos tiempos; siempre la ha habido y ha llegado a ser noticia de importancia. Recordemos a las hermanas Carrasco: Ana, María Victoria y María Esperanza, campeonas del mundo en esquí acuático en aquellos años 70 y 80.
No obstante, algunos periodistas y aficionados dudaron de esos títulos, pues se decía que los obtenían en competencias que organizaba su padre con solo algunos países del área: Curazao, Aruba, Puerto Rico, República Dominicana competían con las muchachas venezolanas, pero sin que aquello tuviese un auténtico carácter universal.
Empero, sus triunfos quedaron en los registros del deporte venezolano y en el imaginario popular como conquistas absolutas y valederas, y fueron celebrados en el país así aquel deporte no fuera entonces, ni tampoco ahora, de grandes multitudes.