Streaming Challenger Buenos Aires en directo
🎾 Genaro Alberto Olivieri vs Daniel Dutra Da Silva
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João Fonseca toma tiempo para respirar a la par que toma la toalla. Mira a su adversario y se prepara. Visualiza la jugada que intentará ejecutar en apenas momentos. Tiebreak del tercer set, 5 iguales. Lo que antes era una holgada ventaja (4-0) ha quedado reducida a cenizas. Tan cerca y a la vez tan lejos. Nadie dijo, claro, que ganar tu primer partido en un Grand Slam fuese a ser fácil. Si tienes 18 años y te mides a un top-10, claro, menos aún. La línea de meta se acerca y, cuando el partido es una olla a presión, Fonseca se calma, intercambia un par de golpes… y suelta un latigazo de revés paralelo que deja sentado a Andrey Rublev y atónito al público del Margaret Court Arena. Cuando levanta los brazos tras ganarse su billete a la segunda ronda del Open de Australia 2025, la duda se despeja y la sorpresa se convierte en admiración: ha nacido una estrella.
En el mundo del tenis, asistir a la eclosión de un talento generacional es un acontecimiento imperdible. Hay pocas cosas más bonitas, como en la vida misma, que formar parte de algo extraordinario desde sus primeras etapas. En un deporte individual, donde el ego es un elemento tan pasional como en ocasiones imprescindible, nosotros mismos nos congratulamos, como si tuviésemos un mínimo de importancia, en el mero hecho de «estar». Hoy, claro, no solo hemos «estado»: hemos sido partícipes de una devastadora ola que ya causa sus primeros estragos. Hemos tenido la sensación de llevarla en volandas, claro, porque su impacto ha sido tremebundo.
Parece que ser un talento generacional va de la mano con entender el tenis desde la valentía. Eso sí: en el circuito, por ejemplo, se ha perfeccionado una máquina que encuentra el equilibrio perfecto entre el control y el riesgo. Se llama Jannik Sinner y, a día de hoy, su libro de estilo manda. No existen debilidades aparentes: golpea a la misma velocidad desde el revés que desde la derecha, apenas deja bolas cortas, defiende y recupera con solvencia y, cuando lo ve claro, cierra el punto sin problemas. La potencia aplicada con el grado más excelente de control.
Jugar así es admirable. Requiere de un trabajo y de un cuidado casi obsesivo. Recuerda a aquel Novak Djokovic que perfeccionó el tenis allá por 2015, que basaba su dominio en la profundidad de sus golpes, tejiendo una tela de araña con golpes milimétricos ante los que el rival retrocedía de manera involuntaria. No te dabas cuenta y estabas muerto. Nole, eso sí, aderazaba ese control con amplias dosis de carácter, con tramos de genialidad y con rivalidades picantes que generaban ese picorcito en el espectador. ¿Lo genera Sinner? Aún es pronto para saberlo. Pero volvamos a la valentía.
GANAR, ENTRETENER, CONVENCER
Fonseca es un talento especial. Un diamante que cumple todos los condicionantes para llegar a la élite del tenis. Los escépticos hoy fueron convencidos: la confianza y el desparpajo que uno debe tener en sí mismo para completar una actuación tan especial en tu ‘primera vez’ se sale de parámetros normales. Eso sí, el camino es largo y las lesiones, un factor que no conoce de magia o historia, siempre pueden hacer acto de presencia. ¿En qué radica ese ‘factor X’ que posee João? En entender el tenis desde la valentía.
Cuando Carlos Alcaraz llegó al circuito, sus declaraciones chocaron con un aficionado acostumbrado a escuchar el discurso conciliador de los Nadal y Federer. Al igual que pasara con Djokovic, que el chorro de carácter de Carlos se verbalizara y se cantase a los cuatro vientos, chocó. No siempre, de hecho, fueron sus actos de la mano de sus palabras. Pero, al fin y al cabo, aquel chico que adoptaba una actitud valiente en cada punto importante ya tiene cuatro Grand Slams a los 21 años de edad. Pase lo que pase, respaldó sus palabras con un aluvión de magia y de personalidad en los momentos clave.
Aquel magnetismo de Carlos, al igual que el de nombres como Djokovic, Nadal o Federer, volvió a manifestarse hoy en la raqueta de un brasileño que juega los puntos importantes sin nada que temer. La extrema confianza en sus habilidades, en el proceso que ha seguido y en su trabajo le permiten brillar cuando la tensión asoma. Decía Alcaraz que eran los momentos de tensión los que verdaderamente le motivan a mostrar su mejor versión: que era él quien quería dominarlos, que era él quien debía tomar la iniciativa en ellos.
Una de las grandes mejoras de Jannik Sinner fue, precisamente, la templanza y la contundencia con la que ahora afronta los momentos en contra. Salva las bolas de break con hielo en las venas, con combinaciones de saque + 1 que escapan al control que aplica a sus oponentes. Al otro extremo, Alcaraz aplica fuego en cada instante de presión, sacándose genialidades absolutas que martillean la mente del rival y le dejan desprovisto de confianza.
En esos momentos importantes, entienden del tenis desde la valentía. Hoy, Fonseca hizo exactamente lo mismo: aplicó combinaciones esplendorosas en los dos tiebreaks, le ‘quitó’ la raqueta de las manos a Rublev en cada bola de break en contra, aguantó el temporal para encontrar un golpe mágico una y otra vez. La sonrisa de Rublev al final del partido fue la mayor señal de rendición: era consciente de que había sido partícipe del nacimiento de una estrella, de que su nombre, de una manera u otra, acabaría estando en los libros de historia, como si de un jugador de la NBA ‘posterizado’ se tratase.
Y no hay nada más bonito que ver que los talentos generacionales entienden el tenis desde la valentía: que más allá de sus fundamentos técnicos y tácticos, juegan con la suficiente libertad y fiereza como para levantar al espectador de la silla en los momentos donde más riesgo se ha de tomar. Porque convierten el tenis en un espectáculo impredecible, porque enganchan al público con una personalidad arrolladora. Alcaraz y Sinner, siguiendo los pasos del Big Three, entendieron que es en esos momentos donde se ganan los partidos… y Fonseca, desde la valentía, tiene muy claro cuál es el libreto a seguir. Por todo ello, vaticinar un futuro donde los tres se sienten en la misma mesa no me parece ni mucho menos descabellado. Bienvenido a la élite, garoto.