Cuando Messi entra al terreno, el fútbol recupera algo de la inocencia que ha ido perdiendo, en medio del negocio publicitario, las grandes marcas de empresas transnacionales que se han adueñado del juego y la saturación de comerciales de las pausas de hidratación que el público detesta. La sola presencia del astro argentino hace olvidar que detrás del balón se encuentra la poderosa maquinaria de la FIFA, con el pope mayor de Gianni Infantino repartiendo abrazos, sonrisas y saludos de políglota para firmar millonarios contratos que engorden las arcas de la empresa más globalizada del planeta.
Es cierto, el Mundial de Fútbol y la FIFA son dos maquinarias inagotables de producir dinero, pero jugadores como Messi reintegran a los aficionados del fútbol cada céntimo que pagan por verlo jugar. La magia del astro argentino no reside solo en su extraordinaria capacidad para maniobrar con el balón y gestar jugadas fuera del alcance de los futbolistas terrenales, sino en la sencillez y la naturalidad con las que ejecuta sus acciones. A sus 39 años, Messi sigue siendo en la cancha el mismo diminuto niño que la abuela Celia Olivera llevaba de la mano al Club Abanderado Grandoli, en Rosario, para que se divirtiera correteando en la cancha de tierra, superando rivales que lo aventajaban en años, estatura y fuerza, pero no en picardía en el arte de anotar goles.
Ese mismo gozo por jugar sin atenerse a las cortapisas tácticas del entrenador, solo interesado en tener contacto con el balón para entretenerse tirando paredes, triangulando con sus compañeros, siempre con la determinación de pisar el arco rival y disparar a puerta, es lo que Messi transmite con mayor intensidad en el último mundial de su carrera. Basta mirar lo que hizo en el segundo triunfo ante Austria. Su primer tanto fue de puro potrero. Engañó a todos los defensas del “Das Team” abriendo la cancha hacia los costados para aparecer como un celaje por donde nadie lo esperaba, gritarle a un compañero que dejara pasar el balón y tomar a contrapié al portero con un riflazo colocado al ángulo contrario como en sus días de cebollita.
Pero su alma de competidor nato, de niño inagotable que nada le importa lo que marque el reloj ni el agotamiento de las piernas, el Messi en estado más puro, surgió en el tiempo agregado. Cuando todo estaba decidido y faltaban segundos para que el árbitro pitara el fin del partido, Messi se metió una corrida de treinta metros para recoger un balón en el área, driblar a tres austriacos y sacar un disparo imposible por entre el mar de piernas para cerrar la función con otro golazo surgido de su niñez que reconcilia a los aficionados de siempre con el fútbol.