
Hace un tiempo el hombre anunció una revolucionaria novedad: “El Mundial será cada dos años”. Hace pocos días se apareció con otra bomba de millones de kilos de dinamita acumulada: “Vamos a privatizar el Mundial”.
¿Era sincero Gianni Infantino con cada anuncio, era franco con aquello que amenazaba cambiar el paisaje de algo hasta ahora tan sagrado e inalterable? ¿O, solo eran globos de ensayo para hurgar en el estómago del mundo del fútbol y conocer las opiniones federativas?
Tal parece que la “love story” de las federaciones del mundo con el presidente de la FIFA está por terminar. El golpe de estado que se está gestando podría dar el gran mazazo en marzo de2027, en ocasión del Congreso en el que los representantes de Uefa, Concacaf y la Asociación del Fútbol Africana dejarán oír su voz contra el señor presidente. Todo estará si, en su osadía, en sus afanes de revancha, alguno de los adversarios llevará la bandera y alzará su voz.
Porque no solo es el aborrecido plan de venta del Mundial; son las evidencias y mensajes secretos de algo que casi todos rechazan. En ese saco estarán Thomas Peyer, director financiero, y Arsene Wenger, director de desarrollo global, todo esto sin incluir al peso pesado del organismo que ante los desafueros de Infantino presentó su renuncia la semana pasada: Carlos Cordeiro, asesor principal de jefe, motivado por su renuencia al plan del dinero. El hecho ha destapado el frasco de las esencias de una atmosfera enrarecida y sibilina.
Porque, si la FIFA ha administrado un dinero de 15 mil millones de dólares en los últimos seis años, ¿qué podrían importar 4.200 millones, que era la cantidad ofrecida a los inversores? ¿Eran para el supuesto desarrollo del fútbol o para la cuenta privada de alguien? ¿Cómo sería ese Mundial con los particulares dirigiendo sorteos, caminos de competencia de las selecciones, y al final de cuentas, decidiendo por conveniencias empresariales quién sería el campeón?
Cincuenta y cinco federaciones de la UEFA, la superpoderosa asociación europea y sus acuciosos abogados, están alerta y en guardia. Son demasiados los asuntos pendientes y en la ruta del reclamo que Gianni Infantino tienen en su cuenta. Por tales razones y luego de diez años de gobierno y sospechas, la Uefa tiene algo en mente: provocar la renuncia del personaje central, ese de tantas barajas escondidas y trucos que nadie ve. Se sabe de sus negocios y negociados, aunque todavía nadie pone el clavo donde corresponde: ¿tendrá alguien la osadía de lanzar la primera piedra contra el techo de cristal de la guarida de la Fifa en Zurich?
Por ahora, y con fusiles en pie de guerra y a los dos lados del río, armados a la espera de los acontecimientos, todos viven crispados. ¿Se acerca el gran cisma? ¿El fútbol se parte en dos? ¿Cocinará la Uefa, a fuego rápido, un Mundial sin el Mundial que conocemos?
300 millones en la batalla
La tarjeta roja perdonada a un jugador de Estados Unidos indigno a un gentío, aunque no tanto como la manifiesta preferencia de Gianni Infantino por la selección argentina. No obstante, parecía haber razones: autoridades investigan el extravío de 300 millones de dólares perdidos en el tránsito entre Buenos Aires y Miami. Personajes involucrados: Claudio Tapia, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, un intermediario y, ¿saben quién?, pues el propio Infantino.
Por eso, quizá, creció la tendencia de dejar a los argentinos llegar lo más lejos que pudieran. Todo comenzó con el grupo: Argelia, Jordania y Austria, el menos complicado de todo el Mundial.
La Fifa, obviamente, tenía una coartada: el sorteo. Como fue público y a la vista de millones de espectadores televisivos, nunca hubo objeciones. Ahí fue donde comenzó la historia.
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