La primera jornada de los partidos del Mundial está dejando unas postales para el asombro. El esperado debut de Brasil y el prestigioso técnico Carlos Ancelotti fue desconsolador. Afanado en su idea de que los mundiales se ganan a partir de una defensa sin fisuras, el italiano olvidó, al menos en el primer partido contra Marruecos, que la esencia del fútbol amazónico siempre ha sido y será la inagotable habilidad de sus jugadores para atacar y llenar de goles el arco contrario. Lo más preocupante es que, después de un año como seleccionador de Brasil, Ancelotti sigue sin encontrar un once titular que responda a la expectativa de generar juego, pisar el área rival con frecuencia y peligro.
No es de extrañar, en consecuencia, que los medios brasileños pidan a voz en cuello que el entrenador italiano deje de experimentar en el ataque con Thiago, Luis Henrique y Matheus Cunha, y entregue la responsabilidad de definir en el área al fenomenal Endrick, un delantero de raza, que tiene potencia, cambio de ritmo, velocidad y finura para sacudir las redes, y que ante Marruecos se quedó esperando el llamado de Ancelotti para entrar al terreno.
El extécnico del Real Madrid debería verse en el espejo de Vicente Feola en el Mundial de Suecia 1958. Después de empatar contra Inglaterra, en un choque que Brasil estuvo a punto de perder, Feola realizó dos cambios que signaron el curso de ese Mundial. Apretado por Nilton Santos y el capitán Bellini, Feola alineó a Pelé y Garrincha contra la URSS. Nació entonces el “jogo bonito” que Ancelotti tiene el enorme reto de revivir en Norteamérica.
Ni en los sueños más delirantes y surrealistas figuraba la actuación descomunal de la selección coanfitriona de Estados Unidos, ofreciendo ante Paraguay el desempeño más deslumbrante de toda su historia futbolística. Le tocó enfrentar a la siempre aguerrida defensa guaraní, una de las más inexpugnables durante la eliminatoria suramericana, pero el equipo de las barras y las estrellas fue una máquina insospechada de presión en todos los sectores para recuperar la pelota en fracciones de segundos.
Estados Unidos se transfiguró en el París Saint-Germain de Luis Enrique. Dominó el juego desde el control absoluto del balón, tocando con una velocidad centellante, desparpajo y pases de lujo en los botines de Christian Pulisic, quien cada vez que encaraba, desarbolaba a la zaga guaraní con un amague, un arranque fulgurante para dejar atrás a su marca o un pase al área chica. Al mediocampista de la Roma le bastaron 45 minutos en cancha para devastar a la perpleja defensa guaraní, que veía pasar atónita a los norteamericanos, como si el campeón olímpico de 100 metros, Noah Lyles, condujera el balón con sus botines alados.