
Si hay algo a los que los futbolistas temen y que no es la edad, los treinta y cinco años y los tiempos que vienen después. No. Lo que los pone seriamente a pensar suele ser aquello que los asalta hasta en las pesadillas más oscuras.
Y eso es la inclemente, la maldita lesión.
El Mundial se aproxima, con las fauces abiertas para atragantarse con partidos y escenas, y los jugadores lesionados sacan la cuenta: falta poco más de un mes, caramba, y nosotros aquí, mirando con desolación nuestro cuerpo, nuestras piernas, agobiados por la pena, sintiendo la desilusión de tener que esperar cuatro años, ah, cuánto tiempo para poder llegar a la anhelada meta. A la vez, a medias entre la lesión y la posibilidad de jugar, andan los que caminan por el filo del acantilado: ¿estaré listo para la magna empresa?
Habrá que llorar, y llorando están aquellos astros que añorarán y serán añorados por sus compañeros. ¿Qué tal que, por un milagro del dios del fútbol, alguno de ellos aparezca de súbito en las canchas mundialistas? Uno de ellos, y seguramente el más extrañado, ha de ser Lamine Yamal. El español, con su aura de luces, con su prestancia de jugador inigualable, vive la angustia del que añora regresar a su patria; para él, es el deseo de llegar a ese país tan particular llamado Mundial. Sería su primero, y a sus dieciocho años de edad podría comenzar a redactar su grande historia.
Mientras, en Inglaterra se preocupan porque han perdido a Jack Grealish, combatiente del medio campo y el ataque, y en Brasil porque la habilidad y la resolución de Rodrygo se ha ido y Eder MIlitao no estará para frenar los ataques de los enemigos. En Países Bajos lamentan el adiós para la lucha de Xavi Simons, y en Alemania el vació que dejará la aparición en la zona de dinamita de Serge Gnabry. Francia siente la ausencia de un tipo de tanta presencia como Hugo Ekitiké, y en Buenos Aires miran la lista y ven que Juan Foyth no estará para apoyar a sus compañeros.
Mencionar al grupo es hablar de frustración y dolor. Siempre pasa, en todo momento y en todo campeonato, pero cuando es en el Mundial los faros alumbran más. Del devenir de la Copa del Mundo se recuerda con complacencia a aquellos tipos que dejaron surcos y fueron campeones, pero también se deja a la vera de los caminos a aquellos para quienes jugarlo hubiera sido el Everest de una carrera que al final de todo quedó como un trago sin licor. Vivir el Mundial ilusiona, llena, sobrepasa, emborracha de tanta gloria, de tanta fama, de tanta idolatría…
Llega el Mundial dentro de cinco semanas, y el planeta estará guindado de sus camisetas. Por ahí, rumiando las ganas, sintiendo en el pecho la flecha clavada del desamor mundialista, quedarán ellos con la rabia de no haber vivido lo hermoso de estar en Estados Unidos, México y Canadá. Caramba, qué vaina tan grande; hasta el 2030 será.
¿Qué pasaría si…?
Argentina y Lionel Messi, y Portugal y Cristiano Ronaldo cayeran lesionados? Desde Francia se anunciara la imposibilidad de asistir de Kylian Mbappé? Brasil quedara añorando la ausencia de Vinicius y Rhapinha?
Desde Inglaterra dieran la mala noticia de que Harry Kane se niega a ir por diferencias de criterio con la Federación de su país a jugar el Mundial?
Desde Colombia se supiera que Luis Díaz y Luis Suárez están hospitalizados por encontronazos sufridos en partidos de Champions League?
Uruguay y Federico Valverde y Giorgian de Arrascaeta sintieran a destiempo los terribles rigores del covid-19? Ecuador padeciera en su vientre la ausencia de Moisés Caicedo y Gonzalo Plata por golpes en la columna y la pantorrilla en un partido amistoso? ¿Christian Pulisic no quiere a ir a jugar porque rechaza ser suplente en la alineación de Estados Unidos?
La entrada Esas malditas lesiones… se publicó primero en Líder en deportes.