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La trayectoria deportiva de Ashleigh Barty es digna de estudio en cada uno de sus puntos, incluso aquellos en los que decidió alejarse de la competición. Una mano prodigiosa para jugar a este deporte, pero una mente frágil, no siempre preparada para las exigencias del circuito. De ahí que se retirara con 25 años para ya nunca volver. Cuenta en su libro (‘My Dream Time’) que su sueño desde niña siempre fue ganar Wimbledon, el torneo que conquistaría primero en categoría junior con tan solo 16 años y que luego repetiría siendo ya una adulta. El pasto londinense es especial, quizá por eso fue en aquel lugar donde sufrió uno de los mayores batacazos de su carrera. Una derrota que, según ella, supuso el punto de inflexión para dejar atrás todos sus fantasmas y empezar a convertirse en leyenda.
Después de dos años sabáticos donde aprovecha para darse un respiro del tenis, Barty retoma la actividad en septiembre de 2016, jugando cuatro torneos para demostrar que todavía no es tarde para intentarlo. En 2017 ya la veríamos viajando el calendario completo, pasando del #272 al top20 del ranking, un ascenso meteórico que confirmaba su talento. La hora de la verdad llegaría en 2018, temporada que le pedía un nuevo salto de calidad, más mental que tenístico. Sin embargo, a la jugadora de 22 años le cuesta, se estanca, tiene problemas para mantener su propio ritmo de escalada. A Wimbledon llega con un balance de 27-11 y siendo la Nº17 mundial, misma posición en la que arrancó el curso. Curiosamente, sería en su idolatrada Catedral donde iba a sufrir su derrota más lacerante.
Aunque su rostro reflejara siempre bondad y timidez, lo cierto es que Barty llevaba la procesión por dentro. Siempre sufrió de una dualidad en su cabeza, dos voces que le susurraban ideas contrapuestas. Una le dice que no es lo suficientemente buena, mientras que la otra lo niega, animándola a seguir. Ambos sentimientos son reales, viven dentro de su mente, son tan familiares como confusos. Ambos están al volante, ganan y pierden partidos, surgen en momentos importantes. La de Ipswich atiende a las dos voces, lo cual determina su versión de cada día. Aquel sábado 7 de julio de 2018, en la Pista 3 del AELTC, todo lo que escucha es: “Ash, no eres lo suficientemente buena”.

A punto de romper a llorar, la jugadora no entiende por qué piensa eso, si realmente está en la gloria. Por momentos se relaja, abre los ojos y se da cuenta que le encanta ese lugar. Está enamorada de la pista, de la hierba, del torneo… ¡¡estamos en Wimbledon!! Debería estar llorando, pero de alegría, de placer, de honor. Pero no, por dentro está en llamas, lo cual aprovecha la rival que tiene enfrente, una Daria Kasatkina de 21 años que parece gritar más fuerte en cada golpe que conecta. Se enfrentan en tercera ronda la #14 contra la #17 del mundo, en teoría no hay una favorita clara, aunque el peligro está en pensar más allá. Una victoria la colocaría por primera vez en segunda semana de Grand Slam, donde espera Alison Van Uytvanck, un cruce para ilusionarse con los cuartos de final, con el top10… pero su cabeza no le deja. Las voces la tienen contra la pared, recordándole que es buena, pero quizá no tanto.
LOBO BUENO, LOBO MALO
Para entender exactamente cómo atacan estos carnívoros hay que acudir a la cultura cherokee, donde un joven le pregunta a su abuelo cuál de los dos ganará la lucha dentro de su cabeza. Un lobo es malvado: tiene ira, codicia, arrogancia y autocompasión, además de ego y tristeza. El otro lobo es bueno: tiene fe, compasión, alegría y amor, además de humildad y esperanza. Ambos se muerden el uno al otro, tratando de controlar al chico. El joven se cuestiona: ‘¿Qué lobo ganará?’. El abuelo responde: ‘El que alimentes’. Siempre hay que elegir entre el miedo y la fe, entre la inferioridad y la creencia, entre ‘Ash, no eres lo suficientemente buena’ y ‘Sí lo eres, ¡vamos Ash!’.
Ese día, Barty alimenta al lobo equivocado.
Para ser honestos, lleva meses alimentando al lobo equivocado, solo que aquel día, rompiendo una capa más, acabará manifestándolo de manera pública, traspasando la línea roja. Cegada por el marcador adverso, la oceánica abandona su proceso y empieza a buscar atajos. Descarta la paciencia, el paso a paso, se obsesiona con dar saltos. Así es como fracasa, aunque el impulso lo siente desde la semana pasada, en Eastbourne. Allí pierde con Caroline Wozniacki, achacando que la hierba no está perfecta, olvidando que es su superficie favorita. Una simple excusa, el motivo real es que la danesa no falla una bola y está dispuesta a pasarse un día entero empujando la pelota, todo lo contrario que ella. En la experiencia contra la inmadurez, acaba ganando la primera (6-4, 6-3), un problema que viene sufriendo cada vez más, siempre en partidos importantes, justo los que más desea. ¿Le volverá a pasar en Wimbledon?
Desde el banquillo, Craig Tyzzer apuesta siempre por una convivencia amable, sosegada, profesional. A sus casi 60 años, el australiano es el técnico escogido por Barty desde su regreso al circuito, un hombre encantador que, además de aportarle elementos tácticos, le haga el trayecto liviano y familiar. Nada más llegar a Wimbledon, el entrenador se da cuenta que no ha metido pantalones blancos en la maleta, por lo que tendrá que acudir a la primera tienda que encuentre si quiere que le dejen entrar al club. Un momento de parodia que ayuda a generar buen ambiente dentro del equipo, aunque la paz no iba a durar mucho. Veamos cómo funciona la cabeza de Ashleigh a lo largo del cuadro.

Primera ronda, Stefanie Voegele: “Nos conocemos bien, somos amigas, hace dos semanas nos enfrentamos en Nottingham y no pudo hacer nada, pero esta vez me da problemas. Tal vez me haya observado bien, no tiene nada que perder, así que toca pelear. Estoy relajada pero frustrada, me golpeo la pierna con mi raqueta, aunque sé que no debería hacerlo. Estoy molesta, la diferencia entre fallar una pelota y meterla no debería significar mucho para mí, pero en cada pequeño error veo un fracaso colosal. Lo estoy exagerando todo. Gano el partido (7-6, 6-3) y salgo de la pista cansada, frustrada. No es buena señal”.
Segunda ronda, Eugenie Bouchard: “Los medios hablan mucho del partido porque ambas hemos ganado Wimbledon Junior, aunque ella también llegó a la final de 2014. Me dejo llevar por esa narrativa, otra señal de que las cosas no van bien. Intento buscar algo que me motive, que me de energía, pero no estoy segura. Empiezo el partido increíblemente bien, fallando solo un par de primeros saques en todo el primer set. En el segundo set todo se cae, me rompen el saque, el estrés aumenta. Unos puntos fáciles me sacan del apuro y termino con una buena racha. No sé cómo lo hago, pero gano el partido 6-4y 7-5”.
Tercera ronda, Daria Kasatkina: “Es una prodigio, una oponente realmente dura, pero el premio es avanzar a cuarta ronda, territorio inexplorado para mí a esas alturas de mi carrera. La oportunidad de avanzar a segunda semana de Grand Slam ha llegado. Y para hacerlo más emocionante, será en el Manic Monday de Wimbledon. Al principio todo fluye, domino 4-1, siento que lo tengo. Sé que soy una buena jugadora sobre césped, mejor jugadora que ella. Me siento fresca, controlando el partido, pero debo cuidar mi arrogancia y mis dudas, ya que ambas pueden derribarme. De repente mis expectativas aumentan, y en ese momento, todo cambia”.
El cambio no es aleatorio, corre a cargo de una Kasatkina que empieza a dibujar diferentes formas con la pelota, reduciendo la velocidad de bola. La rusa golpea alto y lento, una y otra vez a su revés, como si fuera Wozniacki. No busca tiros ganadores, solo quiere dictar, molestar. Y lo consigue. No le da ritmo para trabajar, no le permite buscar ángulos, le obliga a mantenerse neutral, golpeando hacia atrás. Esto la desvía del rumbo, pierde toda claridad, no tiene la madurez para ajustar el plan. Tanta fragilidad la deja sin respuestas, multiplica su ira, la aniquila. Cuando Dasha cierra el primer set por 7-5 la sensación es la de caerse por un precipicio. En ese momento, lo que Barty quiere es abandonar la pista e irse del torneo.
“El problema es que a buenas soy muy buena, pero a malas soy horrible. Cuando estoy ganando parezco la chica del millón de dólares, como si estuviera jugando con mis rivales, pero cuando mis tácticas no funcionan me falta la madurez para resolver mis propios problemas”, explica la ex Nº1 mundial en sus memorias. “Básicamente, cuando el Plan A no funciona, no veo otras opciones, incluso teniendo los planes B, C, D y E delante de mí. Al final opto por el Plan F: maldecir, criticar, murmurar y refunfuñar. Es más simple, así que eso es lo que hago. ‘¡A la mierda con todo, esto es una mierda!’, grito en mitad de la pista. El partido avanza y yo solo niego con la cabeza, hago muecas, respondo a mi box, a mi familia, aficionados, pero sobre todo a mi entrenador. Siempre respondo así cuando me acorralan, me pongo irritable, me desahogo soltando veneno”, resume con angustia.
LA DERROTA QUE COLMA EL VASO
El partido acaba y la estadística sentencia: 24 errores no forzados. Ha entregado 12 de los últimos 16 juegos, tras ir 4-1 arriba acaba perdiendo 7-5 y 6-3. Un regalo que Kasatkina recibe encantada. El sueño de conquistar Wimbledon se diluye una temporada más, Barty está hundida. No solo ha perdido el partido, también la dignidad, una sensación que le abrasa en el estómago. Al salir de pista evita el encuentro con sus seguidores, sale disparada hacia el hotel, se encierra y empieza a llorar. Está avergonzada, apenada, despojada de esa magia que tantas veces le confiere la prensa. Esa noche no puede ni mirarse al espejo, pero todavía le queda un problema que resolver.

“En ningún momento hablo con Tyzz, se va del partido sin decir palabra, cuando normalmente suele quedarse diez minutos. Más tarde me entero de que abandonó la pista sin decir nada, la pista donde le insulté, donde rechacé públicamente su ayuda […] Me dicen que ha cogido un vuelo al día siguiente para volver a Australia”.
La tercera y última venida de Barty al circuito sería imposible de entender sin la figura de Craig Tyzzer, el hombre que apostó por ella después de dos años de pausa, asumiendo el riesgo de entrenar a una jugadora sin ranking. Después de todo su trabajo, ahora ella se lo paga de esta forma, tratándolo como si fuera basura, arruinando la relación por un simple partido, por dejar de actuar como una adulta, arremetiéndole como un niña egoísta. La tensión sigue presente en su cuerpo, todavía no se atreve a llamarlo, pero sí le manda algunos mensajes, disculpándose una y otra vez. Pasan los días y no hay respuesta, no hay reconciliación.
“En ese momento solo quería escuchar su voz. No quería los ánimos de mi manager, ni los de mi novio, sino las palabras de aliento de mi entrenador. Necesito su voz, restablecer el rumbo, la dirección del proyecto”, admite la tenista de Queensland. Por fin, llega el día en el que Tyzz responde. En un tono muy solemne, le dice que quizá no sea lo suficientemente bueno para ella. Comparte algunos momentos de decepción dentro de la cancha y le subraya que su comportamiento no es normal: ‘No estás preparada para que las cosas no salgan como tú quieres, pero en el tenis no hay cuentos de hadas, tienes que ir a ganarlo’.
Dolido en lo más profundo, Tyzzer le recuerda el momento donde Ash, delante de 2.000 personas de la Pista3, le hace un gesto para que se fuera. Se lo hace a él y al resto del equipo. Este es el tipo de comportamiento que no piensa tolerar, nunca lo ha tolerado, es un factor decisivo para él, lo más cercano a un principio innegociable. ‘Lo que nos pareció es que nos estabas diciendo a todos que nos fuéramos a la mierda’, manifiesta el técnico. Esta frase le rompe el corazón a Barty, la destruye por completo. Es la gota que colma el vaso, la que confirma que algo tiene que cambiar.
- ¿Por qué siempre parezco que estoy a punto de despegar y luego tropiezo?
- ¿Por qué esos tropiezos siempre se convierten en un colapso ruinoso?
- ¿Por qué estoy tan angustiada emocionalmente por las victorias y las derrotas?
- ¿Por qué no estoy rindiendo tan bien como él sabe que puedo?
- ¿Por qué no puedo alimentar al lobo bueno?

Las preguntas se amontonan, pero Tyzzer se lo dice muy claro: “Eres tan buena como cualquiera de esas chicas, puedes competir contra cualquiera, puedes vencerlas a todas […] Pero hay algo pasando por esa maldita cabeza tuya que no tengo ni idea de cómo arreglar. Necesitamos ayuda”.
LLEGA LA AYUDA
Ben Crowe es la persona que viene al rescate, un experto en liderazgo y coach mental de múltiples estrellas. Estudiante de Filosofía, Antropología y Literatura en la década de los 80, fue durante años el empleado más joven de NIKE, ayudando a los atletas a comprender sus propias narrativas, mejorándoles como personas y competidores. La propuesta es fabulosa, el problema es que no lo conoce de nada, jamás ha oído hablar de él. Quien está convencido es Tyzz, que decide incorporarlo al equipo. “Después de tocar fondo, es el momento. Antes no estabas lista para aceptar ayuda, pero ahora sí”, le expone el entrenador. Barty tiene dudas y Tyzz sabe que las tiene. “Así es como podemos mejorar, pero tienes que comprometerte por completo, tienes que invertir, tienes que confiar en mí”. Afortunadamente, si hay una persona en la que la australiana confía, es él.
Un sábado de julio, Ashleigh se cita con Crowe en su oficina. En su despacho, cálido y elegante, hay una foto de Andre Agassi, un traje de Cathy Freeman y unas zapatillas firmadas por Shane Warne. De entrada, no está mal para empezar a generar confianza. En el momento que arranca la conversación, aparecen las primeras preguntas de manual, esas para las que Barty no tiene respuesta:
‘¿Cómo me comporto cuando estoy nerviosa? ¿Recurro al silencio o a la violencia? ¿Lucho, huyo o me quedo paralizada? ¿Se me ponen las mejillas coloradas? ¿Discuto?’…
[En esos momento, Barty añade mentalmente un par más: ¿Insulto a mis seres queridos? ¿Les digo que se vayan de la Pista 3 del All England Lawn Tennis and Croquet Club?]
… ¿Cuándo sucede? ¿Es cuando me siento juzgada? ¿Es cuando la gente me mira fijamente? ¿Es cuando siento que estoy perdiendo el control de una situación o un partido?…
[Barty sigue escuchando, aunque en su cabeza solo puede pensar en Wozniacki y Kasatkina sacándola de quicio con sus tiros al revés]
… ¿Qué puedo decirme a mí misma en ese momento la próxima vez que suceda? ¿Qué puedo pensar para apoyarme en la fuerza y no en la debilidad? ¿Qué puedo decirme para crecer y no encogerme? ¿Cuál es la ofrenda que puedo sostener en alto que el lobo malo ignorará y el lobo bueno se comerá?’.

La australiana está desbordada ante el cuestionario, poco a poco empieza a conectar con sus ideas, pero el chispazo no llega hasta un minuto después, cuando Ben le revela algunos mantras de los mejores deportistas con los que ha trabajado:
- “Fuerte. Agresivo. Imparable”
- “Me encanta este desafío”
- “Respira la energía que te rodea”
- “Soy imperfecta, pero valgo”
- “Soy suficiente”
Ben le explica que estos patrones sirven para recordar que siempre hay una manera de superarlo todo, cualquier cosa a la que te enfrentes. Le explica toda su historia profesional y personal, invitándola a que ella también se abra y libere sus fantasmas. Ash responde contándole cada detalle desde el primer día que coge una raqueta hasta su última derrota en Wimbledon, hace dos semanas. Llora casi todo el tiempo, habla y llora durante cuatro horas. Dos cajas de pañuelos enteras. La experiencia es tan poderosa como aterradora, ve su vida pasar ante sus ojos. Tras escuchar toda la historia, Crowe expone sus impresiones:
“Los atletas tienen la mala costumbre de comprender la historia de su vida solo a través de su carrera profesional, confundiendo los partidos que jugamos con las personas que somos. Necesitas perdonar, cambiar y replantearte cosas. Necesitas encontrar tu verdadera historia: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Cuáles son mis valores? ¿Cuáles son mis sueños? ¿Cuáles son mis necesidades? ¿Qué me motiva?”
Barty abandona el edificio satisfecha del tiempo invertido, pero repleta de dudas. No tiene soluciones para nada, así que es el propio Crowe quien, tras analizar en profundidad el caso, le ofrece una respuesta días después: “Todo gira en torno a la autoestima. Si no reconciliamos nuestra autoestima, contamos una historia de vergüenza, desarrollamos el síndrome del impostor o ponemos defensas al ego. Una vez que esas excusas no funcionan, nos derrumbamos, criticamos y juzgamos. Intimidamos y culpamos. Transferimos ese dolor de nuestro cuerpo a algo o alguien más. Cuando eso no funciona, recurrimos a comportamientos adictivos, pero no es al comportamiento a lo que somos adictos, sino a la sensación que nos da. Pero eso nunca funciona”, concluyó el coach.
¡BINGO!

Juntando el trabajo de Tyzz y el análisis de Crowe, algo empieza a cambiar dentro de Barty. Siente el equipo más unido, por fin da con ese entendimiento común. Dicen que un problema compartido es un problema reducido a la mitad, aquí tenemos un buen ejemplo. La jugadora por fin reconoce al grupo de personas que tiene alrededor, a todos aquellos que quieren ayudarla a recorrer ese camino, y que lo harán no solo porque la quieren, sino porque disfrutan de las vistas. Porque quieren ir al mismo lugar que ella. Así nacería la nueva Ash Barty, la misma que doce meses después sería campeona de Grand Slam y Nº1 del mundo.