Noti-Deporte: repaso a su carrera antes de su primer título de Grand Slam

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La carrera de Alexander Zverev ha sido una constante montaña rusa. Líos extradeportivos con su mánager (ya exmánager). Líos extradeportivos con sus entrenadores (ya exentrenadores). Líos extradeportivos con sus novias (ya exnovias, aunque estos casos seguramente merecen un análisis aparte, profundo y exhaustivo, y han ayudado a que buena parte de la afición profese una importante antipatía al alemán). Un tipo destinado a ganar, que rompió el cascarón de la élite a los 17 años, pero siempre llevado bajo el hermetismo constante de la burbuja en la que creció (junto a su padre y hermano, en un entourage pequeño que viajaba por el circuito antes de que el propio Alexander compitiese).

En el sube y baja de su adolescencia, eclosión y supuesta madurez, la propia cabeza de Alexander Zverev pasó por diferentes estados. El príncipe destinado a comerse el mundo, alguien capaz de tumbar a Novak Djokovic en el Foro Itálico y hacerle partidazo a Rafael Nadal en el Open de Australia sin haber cumplido aún los 20 años. La sensación de que él era el encargado de tomar el timón una vez llegase el lento, pero inevitable declive del Big Three.

La impaciencia al entender que estos dioses no están hechos de la misma pasta que el resto de mortales, que su ascenso fulgurante se iba a ver retrasado por méritos ajenos. La madurez alcanzada en plazas que no necesitan de tanta confianza a nivel mental. La medalla olímpica, el número dos del mundo, la caída de Nadal, tomarle la medida a Novak, estar muy cerca de la cima, el cortocircuito del US Open, el «ya llegará», la falta de autocrítica, la llegada de Alcaraz, y después de Sinner.

Noti-Deporte: repaso a su carrera antes de su primer título de Grand Slam

A Zverev le pasaba lo que nos sucedía a todos nosotros: el tiempo parecía ir demasiado rápido. En un abrir y cerrar de ojos pasó de ser el príncipe con el que todos querían coquetear, al ‘casi rey’ frustrado y exiliado mientras otros apuestos monarcas conquistaban lo que él jamás logró. En el exilio, Zverev siguió reclutando a soldados del mayor calibre; no lo suficientemente buenos para superar en el cuerpo cuerpo a las hordas alcaracistas y sinnerista, pero sí con la resiliencia necesaria como para aprovechar el más mínimo resquicio, aferrarse a la posibilidad de una grieta en la que, en ocasiones, solo creía él.

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Resulta paradójico, y también explica muchas cosas, que tras una trayectoria llena de altibajos el primer Grand Slam de Alexander Zverev haya llegado gracias a la paciencia. Al saber estar. Al oportunismo. A la regularidad. Es un premio a la constancia del único jugador de su generación al que el aumento de la potencia, ritmo de pelota y consistencia de los más jóvenes no le ha pasado por la derecha. Mientras Medvedev y Tsitsipas, con quien antes se situaba a la par, dejaron de creer en sus identidades, Zverev, sin mostrar una evolución manifiesta, tampoco dejó de creer en las armas que le llevaron a la élite.

Son las mismas armas (o falta de ellas) que le hacen ser inferior a Jannik o Carlos, sí; pero más que suficientes contra el resto de los mortales. Las mismas armas que le permitieron mantener su jerarquía, haciéndole acumular una experiencia que esperaba algún día hacer valer. No es casualidad que hoy Flavio Cobolli no supiese gestionar el tiebreak ganado del cuarto set, pidiendo un medical timeout cuando la ola de confianza estaba en su lado; no es casualidad que Rafa Jódar no aprovechase un 5-2 en el primer set, tras un inicio gris de su rival; no es casualidad que Jakub Mensik jugase muy mal los puntos de break de sus semifinales.

¿Por qué no es casualidad? Porque el kilometraje y el bagaje pesan muchísimo… y porque Zverev se había pasado 10 años en el otro lado de la balanza, viendo cómo el muro invisible de los intangibles, del aura, de la camiseta, se tornaba en un obstáculo gigante. Y ahora, convertido en el líder y referente de aquellos que quedaban en pie, supo entender su rol, con sus más y sus menos, y construyó una burbuja de la que no se marchó en un solo momento.

Sin gestos estridentes ni celebraciones salvajes, Alexander aguantó tirando de regularidad, de constancia, de esa estabilidad que jamás definió a su carrera deportiva. No cayó en discusiones habituales con árbitros, no desesperó cuando notó calambres, gestionó su físico como nadie en un Roland Garros de supervivencia, tiró con potencia la derecha cuando debía hacerlo y convirtió en virtud aquello que siempre le condenó: esperar, esperar y esperar. Esperó el ocaso del Big 3 sin éxito, esperó reinar en un desierto sin darse cuenta de que Alcaraz y Sinner no eran un oasis, sino una nueva civilización, y esperó que el tiempo y una fórmula repetida arreglasen problemas estructurales en su tenis.

Esperar sin un propósito no servía de nada; Sascha se armó de valor y aceptó su papel en el circuito, esperando mientras de manera proactiva dejaba claro cuál es su nuevo papel en el circuito. Y entonces, en un torneo de locura, la vida le puso por delante su mayor test, y Sascha lo aceptó, renovando sus votos con este deporte y poniendo fin a una búsqueda que le carcomió durante años a nivel mental. No es lo mismo la regularidad que el inmovilismo; esperar a quedarse sentado. Zverev aceptó las diferencias, se puso el mono de trabajo y demostró al mundo que nunca es tarde si la dicha es buena. A fin de cuentas, a nadie le sorprenderá cuando dentro de 30 años leamos su nombre en el palmarés de campeones de Grand Slam. No hay mayor satisfacción antes de irse a la cama que esa misma. Enhorabuena, Sascha.



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