Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Streaming Challenger Bloomfield Hills en directo

🎾 Alex Michelsen vs Mark Lajal

  1. Entra aquí y regístrate en Bet365
  2. Haz tu primer depósito de mínimo 5 €
  3. Entra en la sección «Directo» y ve todos los partidos

Ver partido en Bet365

Ganar o alcanzar una final de Grand Slam suele ser la consecuencia de años instalado en la élite, pero la historia también presenta excepciones fascinantes.  Desde el inicio de la Era Open en 1968, algunos tenistas protagonizaron dos semanas absolutamente inexplicables atendiendo al resto de sus carreras, convirtiéndose en auténticas «flores de un día» en el mayor escenario posible.

Conviene aclarar el concepto antes de aplicarlo. Ningún jugador gana seis o siete partidos en un Grand Slam por casualidad y algunos de los protagonistas de esta lista tuvieron carreras muy respetables. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre ser un buen profesional y alcanzar una final o proclamarse campeón de un major.

Mark Edmondson, Thomas Johansson y Gastón Gaudio consiguieron levantar un trofeo que prácticamente nada hacía presagiar, mientras que MaliVai Washington, Martin Verkerk y Mariano Puerta alcanzaron una final que nunca volvieron a rozar. Seis historias que recuerdan que incluso el tenis de máximo nivel conserva un pequeño espacio para lo inexplicable.

Campeones de Grand Slam más inesperados en la historia del tenis

Mark Edmondson – Open de Australia 1976

No existe un campeón de Grand Slam masculino de la Era Open que explique mejor este fenómeno que Mark Edmondson. El australiano era el número 212 del mundo cuando compareció en Melbourne y sigue siendo, medio siglo después, el jugador con ranking más bajo que ha conquistado un major desde la creación de la clasificación ATP. Había disputado únicamente dos cuadros finales de Grand Slam y nunca había alcanzado siquiera una final profesional.

Es imprescindible contextualizar aquella edición. El Open de Australia todavía estaba muy lejos del prestigio y la capacidad de convocatoria que adquiriría posteriormente. Su ubicación en el calendario, la distancia y el coste del desplazamiento provocaban que muchos de los mejores jugadores europeos y estadounidenses renunciaran habitualmente a viajar. Ganar Melbourne en 1976 no suponía atravesar el mismo campo de minas que décadas después.

Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Pero utilizar ese argumento para minimizar a Edmondson sería profundamente injusto. Si el cuadro ofrecía oportunidades, él aprovechó la suya de una manera extraordinaria: derrotó a cinco cabezas de serie consecutivos y terminó superando al número dos mundial Ken Rosewall en semifinales y al vigente campeón John Newcombe en la final por 6-7, 6-3, 7-6 y 6-1. Por entonces compaginaba su sueño tenístico con un trabajo como limpiador en un hospital para financiarse.

Edmondson nunca volvió a acercarse a semejante gloria, aunque sería erróneo presentarlo como un jugador mediocre. Ganó seis títulos individuales, alcanzó el número 15 mundial y llegó a semifinales de Wimbledon en 1982. Fue todavía mejor doblista, llegando al número tres y conquistando cinco Grand Slam. Simplemente, durante aquellas dos semanas de 1976, su tenis alcanzó una dimensión que su trayectoria individual nunca volvería a reproducir.

Thomas Johansson – Open de Australia 2002

Si hay un Grand Slam que simboliza un auténtico período de entreguerras es el Open de Australia 2002. Sampras y Agassi se aproximaban al final de su dominio, Federer todavía no había explotado definitivamente y una generación encabezada por Hewitt, Safin, Ferrero o Roddick intentaba establecer una nueva jerarquía. En medio de aquel escenario apareció Thomas Johansson.

El sueco era un magnífico profesional y había llegado a ganar el Masters 1000 de Canadá en 1999, pero nada hacía pensar que estuviera destinado a ser campeón de Grand Slam. Llegó a Melbourne como número 18 del mundo y se encontró con una edición devorada por las sorpresas: ninguno de los seis primeros cabezas de serie alcanzó siquiera los cuartos de final.

Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Johansson supo hacer exactamente lo que tantas veces determina un Grand Slam inesperado: sobrevivir mientras el cuadro se derrumbaba a su alrededor. Superó sucesivamente a Jacobo Díaz, Markus Hipfl, Younes El Aynaoui, Adrian Voinea, Jonas Björkman y Jiri Novak antes de encontrarse con Marat Safin en la final. Ninguno de sus seis primeros adversarios era top-10.

Safin sí lo era y partía como gran favorito, pero Johansson remontó para imponerse por 3-6, 6-4, 6-4 y 7-6. Ahí reside precisamente el mérito que impide atribuir simplemente su éxito al cuadro: cuando apareció finalmente un rival de dimensión superior, también lo derrotó.

Llegaría a ser número siete mundial y todavía protagonizaría unas sorprendentes semifinales de Wimbledon en 2005, pero nunca volvió a superar los cuartos de final de otro Grand Slam. París jamás le vio superar la segunda ronda y en el US Open tampoco consiguió atravesar los cuartos. Melbourne 2002 quedó como una isla extraordinaria en una buena carrera, pero no en la carrera de un campeón de Grand Slam recurrente.

Gastón Gaudio – Roland Garros 2004

El caso de Gastón Gaudio resulta diferente. Si hubiera existido un Grand Slam diseñado específicamente para sus cualidades, era Roland Garros. Poseía un exquisito revés a una mano, enorme sensibilidad para jugar sobre tierra batida y suficiente talento como para llegar posteriormente al número cinco mundial y acumular ocho títulos ATP. Pero incluso considerando todo eso, que fuera campeón de Roland Garros parecía altamente improbable.

Gaudio llegó a París en 2004 como número 44 del mundo, el campeón de Roland Garros con peor ranking desde Gustavo Kuerten en 1997 hasta aquel momento. Su tenis siempre había convivido con una personalidad volcánica, enormes dudas y una fragilidad competitiva que podía transformar un gran partido en un ejercicio de autodestrucción.

Y precisamente por eso resulta tan fascinante que su momento de gloria llegara ante Guillermo Coria, probablemente el mejor jugador de tierra batida del momento y un rival cuya superioridad parecía manifiesta cuando ganó los dos primeros sets de la final por 6-0 y 6-3.

Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Lo que ocurrió después forma parte de la mitología de Roland Garros. Coria sufrió calambres, la final se convirtió en una batalla psicológica y Gaudio terminó salvando dos bolas de campeonato antes de imponerse 8-6 en el quinto set. El hombre aparentemente menos preparado mentalmente para ganar un Grand Slam terminó sobreviviendo a una de las finales más traumáticas de la historia.

Hubo una prolongación de aquel estado de gracia. En 2005 conquistó cinco títulos, terminó por segundo año consecutivo dentro del top-10 y disputó las ATP Finals. Pero pronto comenzó el derrumbe. Su dato en los otros majors es revelador: jamás superó la tercera ronda entre Open de Australia, Wimbledon y US Open. Roland Garros 2004 fue la obra maestra irrepetible de un jugador capaz de producir un tenis sublime y, al mismo tiempo, convivir permanentemente con sus propios demonios.

Finalistas de Grand Slam más sorprendentes en la historia del tenis

MaliVai Washington – Wimbledon 1996

Hay finales sorprendentes y luego está la de Wimbledon 1996 entre Richard Krajicek y MaliVai Washington. Pete Sampras y Boris Becker habían comenzado como los dos primeros cabezas de serie y el torneo terminó enfrentando por el título al número 13 y al número 20 mundial. Ninguno había disputado anteriormente una final de Grand Slam.

Washington había sido número 11 del mundo y poseía cuatro títulos ATP, por lo que no era un desconocido. Pero sus mejores expectativas parecían haber quedado atrás cuando aterrizó en Londres con 27 años. Su victoria sobre Thomas Enqvist en segunda ronda abrió perspectivas inesperadas y terminó sobreviviendo a un cuadro caótico hasta disputar una semifinal inolvidable contra Todd Martin.

Ganó aquel encuentro por 10-8 en el quinto set, después de cuatro horas de batalla, y apareció en la final ante un Krajicek que había eliminado al todopoderoso Sampras. El holandés no concedió ninguna oportunidad y venció 6-3, 6-4 y 6-3.

Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Y aquella final todavía dejó una de las imágenes más surrealistas de la historia de Wimbledon. Justo antes del comienzo, una espontánea irrumpió corriendo en la Centre Court, vestida únicamente con un pequeño delantal. Era una trabajadora del servicio de catering del torneo; las crónicas de la época la describen como una streaker, pero no ofrecen base sólida para atribuir su acción a una protesta concreta. Washington reconocería después que la escena le desconcentró.

Nunca volvería a alcanzar unos cuartos de final de Grand Slam. De hecho, aquella final fue su última gran irrupción en la élite y las lesiones terminaron acelerando el desenlace de su carrera.

Martin Verkerk – Roland Garros 2003

Si hubiera que escoger el finalista de Grand Slam más «random» de la Era Open, Martin Verkerk tendría argumentos difícilmente rebatibles. El neerlandés tenía 24 años y prácticamente ninguna experiencia relevante en los grandes escenarios cuando llegó a Roland Garros 2003. Había ganado meses antes en Milán el primer título ATP de su carrera, pero nada permitía imaginar lo que estaba a punto de suceder en París.

Durante dos semanas entró en una especie de trance competitivo. Su enorme servicio y una derecha devastadora comenzaron a desmontar rivales mientras él parecía crecer con cada ronda. Y cuando el nivel del cuadro aumentó, Verkerk hizo algo que elimina cualquier posibilidad de considerar casualidad su gesta: derrotó consecutivamente a Rainer Schuettler, Carlos Moyà y Guillermo Coria.

Tres jugadores de enorme entidad, dos de ellos especialmente peligrosos sobre tierra batida. Solo Juan Carlos Ferrero, que llevaba años persiguiendo Roland Garros y estaba plenamente consolidado entre la aristocracia del circuito, consiguió despertarlo del sueño en una final resuelta por 6-1, 6-3 y 6-2.

Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Lo extraordinario es comprobar qué quedó después. Verkerk jamás volvió a aproximarse a una ronda semejante en un major. Las lesiones, especialmente sus problemas físicos posteriores, destrozaron cualquier posibilidad de comprobar cuál habría sido su verdadero techo. A partir de 2005 ya no volvió a ganar un partido ATP y terminó retirándose años después tras varios intentos de regreso.

Su nombre permanece así congelado en aquellas dos semanas. Un jugador que apareció prácticamente de la nada, derrotó a tres adversarios de enorme nivel y estuvo a un partido de convertirse en campeón de Roland Garros.

Mariano Puerta – Roland Garros 2005

Un año después de Gaudio, Roland Garros volvió a producir una historia argentina absolutamente imprevisible. Mariano Puerta llegó a París como número 37 del mundo después de haber reconstruido una carrera que había quedado seriamente dañada por una sanción de nueve meses por un positivo por clenbuterol en 2003.

Nunca había pasado de la segunda ronda de ningún Grand Slam. Y, de repente, ganó seis partidos en Roland Garros y se convirtió en el rival de un adolescente llamado Rafael Nadal en su primera final parisina.

Puerta no fue un mero figurante. Compitió de tú a tú con Nadal, ganó el primer set y llegó a sacar para forzar una quinta manga antes de sucumbir ante la resistencia del mallorquín. Aquella tarde debería haber supuesto la consagración de su carrera. Terminó siendo exactamente lo contrario.

Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Tras la final dio positivo por etilefrina, lo que constituía su segunda infracción antidopaje. Inicialmente recibió una suspensión de ocho años; el tribunal determinó que la administración había sido inadvertida y que no existía culpa o negligencia significativa, aunque confirmó la infracción. Sus resultados de Roland Garros fueron descalificados y perdió puntos y premio económico.

Todo aquello convirtió una de las grandes historias deportivas de 2005 en un episodio inevitablemente controvertido. Puerta nunca volvió a aproximarse a aquel nivel y disputó sus últimos partidos profesionales pocos años después. Su única incursión más allá de una segunda ronda de Grand Slam fue una final, una anomalía estadística tan extrema como difícil de separar de todo lo que sucedió posteriormente.

Thiem y Gómez: campeones de un solo Grand Slam, pero jamás «flores de un día»

Hay una distinción fundamental que conviene hacer. Ganar un único Grand Slam no convierte automáticamente a nadie en una «flor de un día». Dominic Thiem y Andrés Gómez constituyen dos magníficos ejemplos.

Thiem conquistó únicamente el US Open 2020, pero había hecho méritos sobrados para ser campeón mucho antes. Disputó otras tres finales de Grand Slam, dos en Roland Garros y una en Australia; alcanzó el número tres mundial, ganó Indian Wells y fue uno de los poquísimos jugadores capaces de discutir de forma recurrente grandes títulos al Big Three. Su caída posterior tampoco obedeció a una incapacidad para sostener aquel nivel: una grave lesión de muñeca sufrida en 2021 desencadenó un declive del que nunca consiguió recuperarse plenamente.

Algo parecido, aunque por motivos distintos, sucede con Andrés Gómez. Su Roland Garros 1990 fue su única final de Grand Slam, pero el ecuatoriano llevaba casi una década terminando regularmente entre los 20 mejores, acumuló 21 títulos individuales, fue número cuatro del mundo y también número uno en dobles. En aquella edición derrotó a Thomas Muster en semifinales y a Andre Agassi en la final. Tenía 30 años y su éxito llegó, simplemente, en el ocaso natural de una carrera magnífica.

Noti-Deporte: campeones y finalistas que nadie vio venir

Meterlos en el mismo saco que Edmondson, Verkerk o Puerta sería confundir un campeón de Grand Slam con un campeón inesperado. Gómez y Thiem llevaban años llamando a esa puerta; simplemente, después de atravesarla, por edad en un caso y por una lesión devastadora en el otro, dispusieron de mucho menos tiempo del esperado para permanecer allí.

La maravillosa anomalía que hace posible lo imposible

Estos seis casos tienen orígenes completamente diferentes. Edmondson aprovechó un Open de Australia todavía incapaz de reunir regularmente a toda la élite; Johansson sobrevivió al caos de un torneo y a una etapa de transición; Gaudio encontró durante dos semanas el equilibrio que tantas veces le faltó; Washington atravesó un Wimbledon imprevisible; Verkerk jugó quince días a un nivel que nunca pudo reproducir y Puerta protagonizó una gesta posteriormente ensombrecida por el dopaje.

Pero todos comparten algo. Durante unas semanas dejaron de ser los jugadores que habían sido durante el resto de sus carreras. El contexto abrió una rendija y ellos tuvieron el nivel, el valor y la oportunidad necesarios para atravesarla.

Esa es precisamente una de las grandes bellezas de los Grand Slam. La lógica indica que los mejores terminarán imponiéndose porque ganar siete partidos al mejor de cinco sets exige una excelencia difícilmente improvisable. La historia demuestra, sin embargo, que existen momentos en los que un buen jugador encuentra una versión de sí mismo que ni siquiera sabía que poseía. A veces dura quince días. Y quince días pueden ser suficientes para cambiar para siempre una carrera y escribir un nombre inesperado en la historia del tenis.



Ver fuente