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En el libro de efemérides del tenis español, pocas páginas más gloriosas que la que escribió Manolo Santana en Wimbledon, una fecha donde el tenista madrileño abrió una puerta de infinitas dimensiones para todos sus futuros compatriotas.
Sesenta años han pasado. Cada vez es más difícil hablar con personas que vivieran aquello en directo, por eso cada vez es más importante recordar lo que pasó. Hay que refrescar la memoria a los más jóvenes, que sepan de la importancia que tiene en el deporte la figura del pionero. ¿Y qué es un pionero? ‘Persona o grupo que da los primeros pasos en una actividad, descubre nuevos campos o inicia la exploración y colonización de territorios’, según la RAE. Dentro del capítulo del tenis español, la síntesis se reduce a dos palabras: Manolo Santana. El primer gran campeón masivo, ese que cruzó fronteras demostrando que ser un ‘españolito’ no estaba reñido con ser una estrella internacional.
Nacido en Madrid en mayo de 1938, este recoge-pelotas del Club de Tenis Velázquez no se haría profesional hasta tener 20. Pronto se pudo ver que el talento que atesoraba era distinto al de los demás, esa forma de inventar cada vez que pisaba la pista era la de un artista que había nacido para esto. Su proyección tomaría forma con los títulos de Roland Garros (1961, 1964) y el US Open (1965), pero a este palmarés todavía le faltaba un cromo importante. Manolo llega a ese Wimbledon de 1966 completamente obsesionado, con el firme objetivo de dejar allí su huella para siempre. Temporadas atrás ya había alcanzado las semifinales, un techo que necesitaba perforar. A sus 28 años, Santana no tuvo otra opción que trazar el plan perfecto para conquistar el All England Club.

Su estrategia arrancó sacrificando lo más sagrado: Roland Garros. Sabiendo Manolo que la hierba requería de un tiempo extra de adaptación, su voluntad descomunal le llevó a saltarse la cita parisina y emplear esas semanas para ganar rodaje sobre pasto. No tengan dudas que si se hubiera planteado ganar el Open de Australia lo hubiera logrado, pero jamás le interesó disputarlo. Donde sí quería reinar era en Londres, así que allí se presentó como el cuarto cabeza de serie del cuadro individual. Por ranking, solo eran más favoritos. Roy Emerson (vigente bicampeón), Tony Roche (campeón de Roland Garros el mes anterior) y Fred Stolle (finalista en Wimbledon los tres últimos años). El nivel de dificultad no era pequeño, pero el deseo de gloria era mucho mayor.
“Mi obsesión con la hierba llegó al punto de sacrificar Roland Garros, un torneo en el que mi tenis siempre tendría opciones de triunfo. En los años 65 y 66 no jugué en París para preparar adecuadamente mi juego sobre hierba, y la verdad es que me salió bien. Mi victoria en Forest Hills (US Open) fue el primer paso, pero Wimbledon significaría la confirmación definitiva”, describe el propio Santana en sus memorias, haciendo spoiler de lo que sucedería en Reino Unido.
Su camino hasta las últimas rondas encontró el punto de inflexión en los cuartos de final, ante al australiano Ken Fletcher, que venía de ganar al gran John Newcombe. El oceánico llegó a colocarse 5-4 y servicio en el quinto set, pero ahí apareció el gen competitivo del español para darle la vuelta al marcador, colocar el 7-5 y agarrar el billete a semifinales. Aquella inyección de moral jugaría un papel fundamental en los dos siguientes encuentros. En semifinales lo normal era chocar con Emerson, pero fue el sorprendente Owen Davidson (también australiano) quien se presentó a la cita. Allí Manolo vuelve a sufrir, vuelve a irse a un quinto parcial, pero vuelve a ganarlo por 7-5. El título, por fin, quedaba a un solo paso.
Dennis Ralston sería su compañero de viaje aquel domingo 1 de julio de 1966, sexto cabeza de serie pero número uno del ranking estadounidense. Afortunadamente para Santana, esta vez no tocó padecer. Se notó mucho su mayor experiencia en finales, de ahí que solo pasara algún apuro en el segundo set (6-4, 11-9, 6-4). En el último punto del partido, con aquella volea de revés, el pionero del tenis español daba el último brochazo a su obra. Luego llegaría el mítico abrazo con el norteamericano, quien no se imaginaba en ese momento que nunca más volvería a pisar otra final de Grand Slam.

No pasaremos por alto la gran anécdota, esa que reluce en cuanto sacamos las imágenes del baúl de los recuerdos. Sí amigos, no es fake, Manolo Santana ganó Wimbledon con el escudo del Real Madrid bordado en la camiseta. Quizá esto explique su determinación en las finales (guiño a todos los merengues). “No sé si habrá otro club de fútbol en el mundo que pueda presumir de que uno de sus jugadores haya ganado Wimbledon”, bromeó después el campeón, quien llegó a tener ‘ficha’ en la extinta sección de tenis del club. Este éxito le catapultó a ingresar un millón de pesetas al año de las arcas del conjunto blanco, merecida cada una de ellas.
La segunda anécdota de referencia llegaría minutos después, cuando la falta de conocimiento protocolario le hizo representar una divertida escena con la realeza. “Como es tradición en Wimbledon, la duquesa de Kent se disponía a entregarme el trofeo, y entre la alegría y la emoción, cuando la buena señora me fue a dar la mano, yo me incliné para besársela. Al parecer esa costumbre está prohibida en la realeza británica (risas). Marina de Kent, muy discreta pero muy enérgica, apartó la mano como movida por un resorte, y sin perder la sonrisa, prosiguió con la ceremonia y me entregó el trofeo de Wimbledon”.
Seis décadas después, la sensación es que no ha pasado tanto tiempo de aquella primera bandera española clavada en la Centre Court, lo que me hace pensar que todavía la tenemos muy presente. Tuvimos que esperar ¡¡42 años!! para que Rafa Nadal demostrara que era posible darle el relevo, aunque Conchita Martínez se encargó en los noventa de dejar marcado el camino. Santana había conquistado otras plazas, otros continentes, pero fue su hazaña en Wimbledon la que definitivamente arrancó las puertas al campo, la que nos cambió la mentalidad para siempre. El hombre que, además de popularizar este deporte en suelo nacional, se armó de valor para ganar Grand Slams en tres superficies diferentes, empujando al resto de españoles a volar más allá de la amada tierra batida.
“Cuando levanté esa copa sobre mi cabeza sentí que había alcanzado todos mis sueños, unos sueños que llevaba persiguiendo desde 1959, justo cuando pisé por primera vez las pistas de hierba de la catedral del tenis. Siempre pensé que convertirme en un buen jugador de hierba era para mí un objetivo absolutamente fundamental. Primero para ser mejor tenista y alcanzar el total reconocimiento del mundo del tenis, y luego para lograr el caché y la categoría que tenían los jugadores americanos o australianos y, en definitiva, ganar más dinero con mi profesión. No quedaba más remedio que adaptarse a la hierba”, analiza la leyenda en su autobiografía.
¿Cuánto dinero ganó Manolo Santana por conquistar Wimbledon?
Esta tarde, cuando finalice la final de Wimbledon, Jannik Sinner o Alexander Zverev se embolsarán el prize money del campeón: 3.600.000€. El finalista tampoco se irá de vacío: 1.800.000€. ¿Sabéis cuánto ganó Santana hace sesenta años por alcanzar la misma altura?

“Con las cifras que se manejan hoy en día en el mundo del tenis, puede parecer algo incomprensible, pero a mí ganar Wimbledon me costó dinero”, señalaba Manolo con humor en unas declaraciones en 2016. “Pagando todos los gastos de mi bolsillo, estuve un mes con mi mujer viviendo, jugando y entrenando en Inglaterra para adaptarme a las pistas de hierba. Al terminar el torneo como campeón solo recibí las dietas oficiales de Wimbledon, que creo recordar que no eran más de 10 libras diarias”, aseguraba el madrileño, quien también recibió un reloj por salir campeón.
Anécdotas que nos encantaba escuchar de su boca, porque no podíamos parar de preguntárselas, aunque ya supiéramos la respuesta. Han pasado casi cinco años desde que Manolo se marchó, pero aquí dejó para siempre su historia, su legado y el tremendo cariño que despertó dentro del vestuario y también fuera de él. Pasarán más de mil años y aquel Wimbledon de 1966 seguirá siendo imprescindible para comprender nuestro relato, el de cada niño que siga soñando con empuñar una raqueta en los mayores escenarios del mundo. Si os parece, cerramos el artículo con las últimas declaraciones del maestro.
“Siempre he considerado el torneo de Wimbledon el más importante de todos. Personalmente, siempre, y aún hoy, prefiero jugar en Roland Garros por muchos motivos, entre otros porque París es una ciudad que me encanta; pero sigo pensando que Wimbledon es el número uno. Ese torneo tiene algo especial, no se puede explicar fácilmente. Es una mezcla de tradición, de prestigio y de entrar en la historia del tenis. Si tuviera que quedarme con uno solo de mis títulos, sin dudarlo un momento, elegiría el de Wimbledon”.
