Noti-Deporte: El juez de silla que causó la derrota de Jimmy Connors ante Ivan Lendl

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La carrera de Jimmy Connors siempre estuvo marcada por la adversidad. Al estadounidense le acompañó cada jornada esa sensación de estar enfrentado contra el mundo, aunque hubo alguna ocasión donde fue por motivos reales.

¿Pero por qué esa ilusión constante de pensar que todos estaban en su contra? ¿Quizá el público nunca le quisiera tanto como él pensaba que debían quererle? Pues seguramente, pero de ahí nacieron esas raíces de remar a contracorriente cada temporada, de remontar partidos imposibles y de responder con firmeza ante los problemas. Pese a ser el mejor, Jimmy Connors siempre tuvo que demostrarlo sobre la pista, incluso ante rivales menores, acallando las críticas de la prensa que no le veía como un líder generacional. Esa guerra psicológica fue curtiendo en él un instinto de supervivencia genuino, aunque no siempre consiguió ponerlo en práctica.

Hoy cogemos la máquina del tiempo para irnos hasta 1986, hace 40 calendarios. En aquel momento tenía Connors 34 años, en su palmarés lucían ya sus ocho Grand Slams, aunque el presente apuntaba a una etapa de segunda línea donde John McEnroe e Ivan Lendl habían cogido el testigo dejado por Björn Borg. Eso sí, no crean que el estadounidense había entregado su butaca, su nombre seguía apareciendo en el top4 mundial y venía pisando las semifinales en sus últimos siete majors. A regularidad pocos le empataban.

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Aquel 1986 empezó para Jimmy con unos cuartos de final en Philadelphia (pierde con Tim Mayotte) y unos cuartos de final en Memphis (pierde con Brad Gilbert). Con ese balance se plantó en el Lipton International Players Championship, ubicado en Boca Ratón, donde subió la apuesta con buenas victorias ante Adrianno Panatta, Thierry Tulasne o Yannick Noah. Ahora el camino le citaba con uno de los ogros del circuito, posiblemente, el mayor rival de su carrera deportiva.

Connors contra Lendl, una rivalidad legendaria

Hablamos de Ivan Lendl, por supuesto, quien ejercía de Nº1 del mundo en aquel momento. Se habían enfrentado en 25 ocasiones (!!), con doce victorias para el checo y trece para el norteamericano. Prácticamente, empate técnico. El problema estaba en lo que había sucedido en los últimos siete duelos, donde Ivan se había llevado el triunfo. Es decir, que Jimmy no le vencía desde la final de Tokio en 1984, cuando levantó el título #105 de su carrera. Pero lo que íbamos a ver aquel viernes entre estos dos miuras sería nuevo, un desenlace diferente, un colapso en la mente de Connors cuando la película estaba ya en el ecuador del quinto set.

La semifinal estaba siendo dura, pero Lendl cogió la delantera en el último asalto. El checo dominaba 3-2 y 30-0 arriba, con break a su favor, cuando un revés cortado se paseó por toda la cancha hasta salirse fuera. O al menos, así lo vio Jimbo. La pelota se había marchado por un palmo, pero el de Belleville acompañó la jugada, por si acaso. Dando por hecho el 30-15, el ruido en las gradas no le ayudó a entender lo que realmente había pasado, hasta que el juez de silla, Jeremy Shales, se lo recordó a través de su canto: “40-0”. Ese comentario prendió la llama de un incendio imposible de sofocar.

Entiendo que después de tropecientos artículos históricos, no hace falta explicar cómo era Jimmy Connors. Lo primero que hizo fue irse directo a por el juez de línea: “¡No, no, no! ¡Estás equivocado!”. Lo segundo fue irse a por Jeremy, un tipo al que repudiaba en lo más profundo. De hecho, según cuenta en sus memorias, llevaba todo el partido pensando que aquel juez de silla no había parado de atracarle puntos desde que arrancó el encuentro.

  • La pelota fue buena, Mr. Connors. Siga jugando
  • Me estás tomando el pelo, la pelota se ha ido lejos
  • Siga jugando Mr. Connors, el marcador está 40-0

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Jimmy gruñó hasta que se vació, le hervía la sangre, aunque la atmósfera tampoco ayudaba. Viendo que el percal se ponía cada vez más intenso, el público empezó a gritarle, cosa que no le podía preocupar menos. Pese a estar defendiendo sus derechos, su cabeza había dejado de preguntarse hace mucho tiempo por qué la gente nunca estaba en su barco, ni siquiera cuando jugaba en casa. De ahí que titulara su autobiografía ‘The Outsider’, así es como se sintió durante toda su carrera, subrayando ese desapego cuando le tocaba competir en Estados Unidos.

  • No voy a jugar bajo estas condiciones, que venga el supervisor”.
  • Mr. Connors, tiene 30 segundos para reanudar el juego, de lo contrario recibirá un punto de penalización”.
  • Que venga aquí el árbitro y también el supervisor, llámalos a los dos. Tú eres el que me está haciendo perder el tiempo”.

El alboroto en el estadio fue a más, ya ni siquiera se podía interpretar si estaban con uno o con otro.

  • Punto de penalización, Mr. Connors. Violación de tiempo. Juego Mr. Lendl, que lidera 4-2 el último set”.

Por fin aparecen en escena las dos personas solicitadas por nuestro protagonista: Ken Farrar (supervisor) y Alan Mills (árbitro). El público subió un par de niveles más en cuanto a decibelios, mientras Jimbo preparaba su defensa ante el tribunal de justicia.

  • Llevo aquí jugando durante 3h41min, pero esto es demasiado. Esta es una bola clarísima, es para perder el juicio, ¡¡ni siquiera la jugué porque estaba lejísimos!!”.

Intentaron calmarle, demostrando lo poco que le conocían. Desde lo alto de la silla, Jeremy Shales miraba el reloj una y otra vez, contando los segundos para darle el toque de gracia al norteamericano.

  • Tienes un trabajo que hacer y no lo estás haciendo, esta mierda de situación es por tu culpa. No quiero jugar más si esto sigue así. ¿Vosotros pensáis hacer algo al respecto?”, expresó Connors, enfurecido, disparando a todos los allí presentes.

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En ese momento, Farrar le agarra y le ruega en voz baja: “Jimmy, por favor, no quiero salir así. Volvamos al juego”. Sin embargo, el que parecía tenerlo muy claro era el juez de silla, que termina de reventar el ambiente con la siguiente intervención:

  • Juego de penalización, Mr. Connors, por retrasar el partido. Mr.Lendl lidera 5-2 en el último set”.

Jimmy Connors, talento y cólera en la misma fragancia

Ahí el público rompe el umbral del sonido, el estruendo es desmesurado. La ley de la jungla se activa y muchos empiezan a lanzar objetos, a insultar al juez, quieren que la sangre llegue al río. Una vez llegados a este punto, Jimmy ya no piensa retroceder, el daño está hecho y la herida es profunda, así que se produce lo inevitable:

  • Juego, set, partido Mr. Lendl, por descalificación: 1-6, 6-1, 6-2, 2-6, 5-2 (DEF)”.

Sinceramente, a Connors le importaba una mierda todo aquello. Guardó su raqueta, cogió su bolsa y desapareció del estadio. Patti McGuire, su mujer desde 1979, se suma al festival y acompaña escupiéndole al juez de silla todo el diccionario de insultos que recuerda. Una marabunta de distracciones que tapaban lo más importante: Lendl le había ganado de nuevo y colocaba el H2H 13-13, asestándole su octava derrota consecutiva. Pero lo peor de aquella racha no llegaría en Miami, lo peor es que el H2H oficial terminaría con un doloroso 22-13 a favor del checo. Imaginen todo el veneno que le faltaba por tragar al bueno de Jimbo los próximos años.

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Centrándonos en lo económico, aquella espantada le costó a Connors una multa de $25.000 y una sanción de diez semanas apartado de la competición. ¿Acaso era un problema? No para Jimmy, que seguía siendo uno de los mayores reclamos dentro del vestuario. El oriundo de Illinois supo darle la vuelta a la tortilla y aprovechar aquellos tres meses para pasar tiempo en casa y jugar exhibiciones: “Así gané mucho más dinero del que habría ganado jugando los torneos”, presumió tiempo después. Lo que jamás pudo olvidar fueron las formas de Shales, la simple existencia de aquel juez de silla le atormentaba.

“No era lo suficientemente bueno, era un incompetente, pero no era el único. Nunca discutí con un árbitro si no creía que realmente lo merecía. Mi generación se rompió las entrañas ahí fuera sin repeticiones instantáneas que nos protegieran. Era normal que los jugadores con mayor temperamento perdiéramos el norte de vez en cuando. Las autoridades sabían que no siempre acertaban en sus decisiones, pero se negaban a admitirlo”, reflexiona el campeón en sus memorias. Seguro que Connors hubiera vivido mucho más tranquilo en esta época moderna, amparado por el ojo de halcón y las revisiones en vídeo. Habría sido un tenista más sereno, incluso hubiera ganado más torneos.

Suerte de aquellos que pudieron disfrutarle en su máxima expresión.



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