Noti-Deporte: “No debería dejar el tenis porque quiera formar una familia”

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El tenis profesional femenino lleva décadas hablando de rankings, lesiones, títulos y carreras. Mucho menos de aquello que sucede cuando una jugadora empieza a preguntarse cuánto tiempo le queda para ser madre. Sin embargo, la maternidad en el tenis profesional, la fertilidad y la congelación de óvulos han comenzado a entrar en una conversación que durante demasiado tiempo permaneció en silencio. No porque todas las tenistas quieran ser madres, sino porque cada vez más jugadoras reclaman poder elegir cuándo y cómo quieren afrontar su futuro.

La conversación, en realidad, comenzó en un vestuario de Wimbledon. En 2024, Magda Linette buscó a Sloane Stephens. No para hablar de una rival, de una superficie o de cómo afrontar un partido. La polaca, entonces con 32 años, quería preguntarle por algo mucho más personal: la fertilidad. Linette sabía que una condición genética podía hacer que la fecundación in vitro fuese probablemente su mejor opción si algún día quería ser madre, pero tenía dudas sobre el tratamiento, sobre el impacto físico, sobre su carrera y hasta sobre la posibilidad de que los medicamentos pudieran generarle problemas en un control antidopaje.

Stephens sabía exactamente de qué estaba hablando. Ella misma había congelado sus óvulos y llevaba tiempo compartiendo públicamente su experiencia. Su respuesta fue sencilla, pero contenía el fondo de una revolución que apenas empieza.

El reloj que nunca aparece en el marcador

Durante años, una tenista podía pasarse la vida entera escuchando hablar de su edad. Demasiado joven para ganar. Demasiado mayor para empezar. En su mejor momento. En el final de su carrera. Pero había otro reloj del que casi nadie hablaba: el biológico. La WTA ha empezado a reconocer que ese reloj también forma parte de la realidad de sus jugadoras. El nuevo programa de maternidad ofrece ayudas económicas para tratamientos de fecundación in vitro y congelación de óvulos a más de 320 tenistas, pero también contempla un año de baja por maternidad remunerada y protección del ranking en determinados procesos relacionados con la fertilidad.

Noti-Deporte: “No debería dejar el tenis porque quiera formar una familia”

 

La medida no es simbólica. Un solo ciclo de congelación de óvulos puede costar entre 10.000 y 25.000 dólares. Para una estrella del circuito puede ser una inversión importante, pero asumible. Para una jugadora que intenta abrirse camino fuera de los primeros puestos, puede ser directamente inalcanzable. Desirae Krawczyk, por ejemplo, recibió 20.000 dólares para afrontar su tratamiento. Y dejó una frase que resume el miedo que acompaña a muchas mujeres cuando se enfrentan a esta decisión: “No quieres mirar atrás y pensar: ‘Debería haberlo hecho’.

Hay algo especialmente significativo en que esta conversación haya nacido dentro del vestuario. El tenis es un deporte individual. Las jugadoras pueden compartir entrenamientos, viajes y confidencias, pero también enfrentarse unas horas después por un título. Aun así, la información ha empezado a circular. Sloane Stephens se ha convertido en una referencia para muchas compañeras. Beatriz Haddad Maia acudió a ella antes de someterse al tratamiento. Otras jugadoras le preguntaron por las inyecciones, los médicos, los síntomas y la recuperación. La intimidad, en este caso, ha encontrado un espacio dentro de la competición.

“Es difícil confiar tus cosas más personales a alguien el lunes y competir contra ella el martes”, reconocía Linette, pero quizá precisamente por eso esta conversación tiene tanto valor. Porque las tenistas están descubriendo que hay decisiones que no pueden afrontarse únicamente desde la lógica del rendimiento. Linette necesitó alrededor de cinco semanas para volver a sentirse preparada después de la extracción de óvulos. El proceso fue más doloroso de lo que esperaba.

“He desarrollado una admiración completamente nueva por las mujeres que pasan por esos ciclos una y otra vez”, reconoció. No es una frase menor viniendo de una deportista acostumbrada a competir con dolor. El cuerpo de una tenista está diseñado, en cierto modo, para soportar. Para aguantar y continuar. Pero los tratamientos de fertilidad plantean otro tipo de desafío, uno en el que no todo se puede controlar. Incluso el antidopaje entra en la ecuación.

Linette llegó a preguntarse si algunos medicamentos y suplementos necesarios para el proceso podían poner en riesgo su carrera. En sus propias palabras, se encontró ante un dilema enorme. Y ahí aparece la paradoja: el deporte profesional exige a las jugadoras que controlen su cuerpo al milímetro, pero la fertilidad les recuerda que hay decisiones que no pueden posponerse indefinidamente.

Serena abrió una puerta, ahora otras pretenden cruzarla

Serena Williams cambió para siempre la conversación sobre la maternidad en el tenis cuando regresó a la competición después de ser madre. Demostró que una jugadora podía volver a la élite y competir por los títulos más importantes del mundo. Pero la nueva revolución empieza antes.

La pregunta ya no es solamente si una tenista puede regresar después de tener un hijo. También es si puede seguir compitiendo durante sus mejores años, preservar una opción de futuro y retrasar una decisión que antes parecía obligatoriamente inmediata. Maria Sharapova eligió esperar a retirarse. “A medida que mejoraba en el tenis, sabía que no sería realista ser una madre joven”, explicó. Durante mucho tiempo, parecía que solo existían dos caminos: esperar o renunciar. Ahora empieza a existir un tercero.

No es una garantía. Congelar óvulos no asegura una maternidad futura. La ciencia tampoco puede eliminar la incertidumbre. Pero sí puede ofrecer algo que el calendario del tenis nunca había concedido: tiempo. Y quizá esa sea la verdadera revolución de la WTA. No que todas las jugadoras quieran ser madres, no que todas deban congelar sus óvulos, sino que puedan llegar a una decisión sin sentir que el ranking, el calendario y el reloj biológico han decidido por ellas. Durante décadas, el tenis femenino pidió a sus jugadoras que eligieran. Ahora, por fin, empieza a entender que la verdadera libertad consiste en que no tengan que hacerlo.



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